Category: Históricas


AQUELE QUERIDO MES DE AGOSTO 1

Cuentos de Verano

El pop como parte del paisaje (literalmente) inunda y dota de sentido y sinsentido esta maravillosa trampa que es Aquel querido mes de agosto, supuesto documental de aspecto intrascendente sobre las costumbres de los pueblos del interior portugués que, de manera casi imperceptible, deviene en ficción rohmeriana de amor de verano.

Hay que esperar casi una hora de metraje para confirmar la sospecha de que aquéllo que estamos viendo no es lo que parece, y esa invocación a la paciencia es un gran riesgo calculado por el director Miguel Gomes, quien va orquestando (detrás y a veces hasta delante de cámara) los acontecimientos que se suceden como pistas, con un montaje tan pausado como preciso, retratando el calor con frescura.

Y no es tarea sencilla. Un relato fragmentado, relevamiento musical (y cursi) de fiestas populares, viñetas sin conexión aparente, van mutando en melodrama romántico, en un ejercicio de amable deslizamiento.

La magia que propone se materializa en planos convencionales, testimoniales, en donde se va colando algún elemento de ficción. Hay más de una gran escena escondida en los límites de esas imágenes simples, y uno descubre la trampa y se deja estafar con gusto.

La escena final, con las quejas del sonidista porque el micrófono capta sonidos que no deberían estar allí, es el resumen de la tesis de Gomes: la realidad es inabarcable, pero aquéllo que encontramos cuando salimos a buscarla sigue valiendo la pena.

Por Fernando Herrera, publicado originalmente en Espacio Cine

Más información sobre la película en IMDB

Entrevista a Miguel Gómes

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Lo verosímil y lo verdadero

Curiosa tarea ésta de comentar medio film en lugar de uno entero, y que esa disección se deba a motivos estrictamente comerciales, y que esas dos mitades de película configuren una muy frontal denuncia contra el sistema de producción capitalista.

La acción comienza allí donde terminaba Diarios de motocicleta (2005, Walter Salles), con Guevara (aquí Benicio del Toro, también productor, marcando el tono rigurosamente fiel a la figura que interpreta) en México y su primer encuentro con Fidel Castro (Demián Bichir, en una imitación que se roba la película).

Lo que sigue es una serie de situaciones que ilustran la gesta revolucionaria, desde la llegada a Cuba hasta la toma de Santa Clara, con una asombrosa obsesión por la neutralidad y algunos toques de elemental didáctica. Resulta saludable, de todas maneras, que haya espacio para reveladores tiempos muertos (las biopics suelen caer en la tentación de que todo lo que ocurre es importante). También aportan mucha densidad y tensión las imágenes en blanco y negro que muestran el discurso de Guevara en la ONU.

Queda abierto el debate sobre el lugar que ocupa la figura del Che y por qué ya no le resulta incómodo a Hollywood. Quizás ayude que se trate de un blanco universitario de clase alta quien, con un par de retoques de imagen, puede mutar de rabioso anti-imperialista a la actual y desdibujada idea rebelde way que ilustra tantas remeras. El mérito de la película radica en intentar desmarcarse de esa liviandad, y el hecho de que haya sido realizada por un director consagrado por la industria le aporta una fascinante contradicción, que quizá sea su verdadero motivo de interés.

Pero a no confundirse, detrás sigue girando una incansable maquinaria que no se detendrá hasta la victoria en la taquilla, siempre.

Por Fernando Herrera

(publicado originalmente en Espacio Cine en el año 2009)

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Vincere (2009)

vincere

Una historia como eco de La Historia

Grandilocuente, operística, exacerbada. Vincere está diseñada para pasar por encima al espectador, como una brigada negra.

El film se inicia como una biopic de Benito Mussolini (a quien se lo ve en los inicios de su carrera política como un furibundo y ateo militante de izquierda), pero pronto la trama se concentra en la figura de Ida Dalser, esposa no reconocida, y madre de un hijo igualmente no reconocido del Duce. Ese primer Mussolini tiene la impostación del recuerdo distorsionado de Ida, y una vez que la relación termina abruptamente (casi todo en este film termina abruptamente) sólo podemos ver al Duce real a través de un abundante material de archivo.

El veterano director Marco Bellocchio (1939, Piacenza, Italia) desparrama certezas y demuestra un absoluto control de todos los recursos con los que cuenta, con un despliegue formal totalmente funcional para el tono buscado, que se pone en evidencia en las actuaciones (sobreactuaciones en realidad), la música y, sobre todo, el montaje a cargo de Francesca Calvelli, los sobreimpresos propios de la época que retrata y la particularidad de que muchas escenas son violentamente desplazadas por las que siguen (hasta se puede hablar de un método de edición fascista). Un ejemplo de todo esto es la antológica escena de la pelea en el cine.

Pero la máxima virtud de Vincere es que toda esa técnica queda al servicio de una historia, y esa historia a su vez al servicio de la Historia, en una tesis que vincula fascismo y locura. La película se estructura en dos partes: la segunda transcurre mayoritariamente en instituciones psiquiátricas, y en ambas todos los personajes están alienados, fuera de sí, empezando por la sufrida protagonista (cuyo irónico nombre es Ida), que termina siendo el espejo de todo un pueblo traicionado por su caudillo.

Por Fernando Herrera (publicado originalmente en Espacio Cine)

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