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foto-santiago-segura-en-torrente-5-4-373No hay futuro

Lo mejor de esta quinta entrega de Torrente está en la presentación, en donde la típica secuencia de apertura de película Bond deviene en colección de dardos al presente español, imaginando un escenario cuasi apocalíptico para el futuro muy cercano.

Estamos en el año 2018. Torrente finalmente sale de prisión, pero sólo para toparse con una multitud de desocupados que pretenden ser arrestados para conseguir techo y comida. España ha sido expulsada de la Unión Europea, Cataluña se ha independizado y, para colmo de males, están demoliendo el estadio Vicente Calderón, el de su amado Aleti.

Esto es demasiado para el demacrado José Luis, que ante el estado de las cosas decide abandonar el cumplimiento de la ley e iniciar una vida criminal. Y para eso no hay nada mejor que dar un golpe maestro robando un casino el mismo día en que se juega la final del Mundial de Rusia, entre Argentina y Cataluña.

Ese comienzo prometedor se va desdibujando a medida que avanza una trama que parodia La Gran Estafa y películas de ese estilo. Y las situaciones graciosas escasean. Lo que abunda son los recursos para darse todos los gustos, con buenas escenas de acción y la participación de un desaprovechado Alec Baldwin que se esfuerza por hablar en español. También abundan los cameos, que incluyen entre muchos otros a Ricardo Darín.

El resultado es tan desparejo como sus antecesoras, pero menos incorrecto y delirante. El felizmente irreponsable (y cada vez más numeroso) grupo de amigos que ha vuelto a reunir la productora de Segura, Amiguetes Entertainment, parece divertirse más con la realización que el público con el producto final.

Por Fernando Herrera

Más información sobre la película en IMDB

Publicado en el diario La Capital, de Rosario

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Blue Jasmine (2013)

Blue-Jasmine-2013

La tregua

Venía desentonando. Su abundante filmografía lucía deshilachada últimamente, más allá de Match Point (2004), eco de Crímenes y Pecados (1989), y más allá de la indudable simpatía que despertaba Medianoche en Paris (2011) y algunos momentos aislados de de sus últimas películas. Esos chispazos de neoyorkino ingenio que persiste, que insiste, a lo largo de ya nada menos que 43 películas. Ultimamente Woody venía desentonando. Pero vuelve a estar afinado en La 44.

Jasmine supo vivir la buena vida, pero todo eso ha quedado dolorosamente atrás. Hay que barajar y dar de nuevo, ya se sabrá porqué. Su única opción es volver a San Francisco, a vivir con su hermana, esa hermana que siempre ha ignorado. No le queda otra. Su estado de desamparo material y emocional es absoluto.

La historia va y viene desde ese presente desesperado a un cómodo pasado, tan falso como el nombre Jasmine que esconde al más vulgar y verdadero, Jeanette. Un pasado de bienestar, de esposa consentida y decorativa, empeñada en mirar para otro lado cuando haga falta, de vida de clase alta bajo el amparo del seductor Hank (perfecto Alec Baldwin). Cuando todo eso naufrague por motivos que no conviene adelantar, Jasmine tendrá que volver a ser Jeanette, mal que le pese, y hacer convivir sus aires de grandeza con lo único que parece mantenerse en pie, el sostén incondicional de su hermana Ginger (Sally Hawkins, tan exacta en lo suyo como el resto de los personajes). Más allá de los esperables sobresaltos iniciales Jasmine encontrará un oasis, pero al precio de volver a mentir. Y Ginger también, aunque lo suyo sea mucho más simple.

Las neurosis y el peso del azar son los elementos de siempre, pero hay más suma que repetición, sin excesos ni fisuras, y hasta ecos de Cassavetes y Tenessee Williams. La solidez narrativa y el absoluto control de todos los elementos necesarios para avanzar en la historia hacen que esta se siga con placer. Todo está en su justo lugar y eso, más el hallazgo de un personaje antológico, hacen la diferencia.

Párrafo aparte para Cate Blanchett y su mujer bajo influencia. Lo de Jasmine resulta tan magnético como repelente, tan querible como detestable, tan calculador como vulnerable. Todo a la vez, como en un cóctel de calmantes y estimulantes, de esos que ella suele consumir. Sus despropósitos son entendibles. El experimento de Melinda y Melinda, aquello de hacer que la misma situación pueda verse como comedia y tragedia, encuentra finalmente su vehículo perfecto en esa manera de Blanchett de apropiarse del personaje para sacarle todo el jugo posible, y provocar las dosis exactas de alegría y tristeza, y hasta convertirse en pena infinita, en uno de los finales más desoladores de toda la filmografía de Allen.

Por Fernando Herrera

Más información sobre la película en IMDB