Category: Marcelo Britos


britos.jpg_88717827

Felicitamos a Marcelo Britos, parte del staff del Blog, que acaba de obtener el primer premio en el certamen “Sor Juana Inés de la Cruz” de México con su novela “Adonde van los caballos cuando mueren”.

La nota en La Capital

Sobre Marcelo Britos

Anuncios

ayer-no-termina-nunca

Así como es preciso acostumbrar la mirada para cierto cine, supongo que cuando los ojos se acostumbran a una obra, es imposible juzgarla desde otro lugar que no sea el del placer. Sucede con Isabel Coixet. Después de La vida secreta de las palabras (2005), y de Mi vida sin mi (2003), películas que la consagraron con justicia ante la crítica internacional, no puedo dejar de ver sus películas, y a veces a contracorriente, encuentro una poesía maravillosa e inigualable en sus trabajos, muchos de ellos defenestrados por la crítica. Sucedió con Mapa de los sonidos de Tokio (2009), y supongo que va a pasar con esta pieza exquisita, me refiero a Ayer no termina nunca, protagonizada por Candela Peña y Javier Cámara, basada en la obra “GIF” de Lot Vekemans.

Una pareja se reúne después de cinco años, para autorizar la remoción de los restos de su hijo, quien había muerto de meningitis en una guardia después de haber esperado cinco horas para que lo atendieran. El personaje de Cámara abandona a su mujer (Candela Peña), y desaparece sin llamar ni comunicarse durante todos esos años, hasta ese día que da comienzo a la película, ambos en un cementerio a punto de ser convertido en un gran casino internacional, solos y con todo por decirse.

El tema de Coixet es el dolor, es un hilo que marca la sucesión de sus películas, disímiles y estéticamente diferentes entre sí. Pero el tratamiento de la angustia está dulcificado por una poesía visual y una sensibilidad que nace de los personajes, pequeños y a la vez complejos, y por sobre todo, inmensamente humanos. En una toma del interior del auto de ella, puede verse la tapa del libro Páginas de la herida, de John Berger; alguien con quien comparte esa concepción de la tristeza tan íntima y a la vez esperanzadora. Aquí esos personajes no tienen nombre, sólo puede conocerse el del hijo muerto (Dani), como si fuera la única identidad permitida en la travesía de ese dolor. Y en el marco desolador de un cementerio derruido, un día nublado y ventoso, ambos van a dejar salir una maraña de sentimientos contradictorios, desde el reproche por el abandono hasta la necesidad de saber si aún queda algo de amor, quizá para confirmar si queda algo de aquél niño muerto, porque fue lo que en definitiva le dio vida, un amor simple y lejano de la tragedia.

Pero esa historia es en realidad  la excusa (o metáfora), para hablar de la crisis en España. No hay marco aquí, porque de ser así, el contexto en el que se desarrolla el encuentro sería acaso más significativo. La película comienza con una serie de tomas que aluden a la situación económica y social en España, y ciertos recursos que ponen de manifiesto, ya de entrada, la mirada del director sobre esto. Una nota del diario en donde está Messi recibiendo el balón de oro, cierra la secuencia, y queda ya la sensación de una denuncia velada sobre la frivolidad que rodea una época de desamparo y derrota, muy parecida a la que vivimos los argentinos en los 90’. Pero eso no es todo, el tema deja de ser el dolor de una pareja para mutar, como decíamos, en la metáfora de otro dolor, de otra crisis que es colectiva y quizá tan desesperante como la muerte de un hijo: la pérdida de la dignidad, del hogar, del futuro. La tragedia que abre la posibilidad de terminar con la vida misma.

Y la voz de esta denuncia es el personaje de Candela Peña. Vive en su auto, hace más de tres años que no la llaman de ningún trabajo, por lo tanto está de “paro”. Ocupa casas deshabitadas y dice a la cámara: “…hay más de 6 millones de casas desocupadas en España, ¿para qué tantas casas sin habitar?” Aquí es donde Coixet pierde lo sugestivo, lo alusivo, y la declamación es literal y clara. El niño muere porque hubo recortes de salud en el lugar en donde vivían. El personaje de Cámara, quien es el que trata de olvidar, de empezar de nuevo, se va a vivir a Alemania (nada menos que a Alemania), y es entonces ella la que se queda a resistir, y lo verbaliza, y lo critica severamente por irse (por irse de España, por escaparse de la tristeza de la muerte de su hijo, la metáfora es explícita, tanto que por momentos deja de ser una estrategia retórica). Sé que es por aquí que va a venir la crítica a esta película, pero es también aquí en donde voy a mirar a otro lado, o a aceptar el testimonio de Coixet, su testimonio sobre lo que sucede en su propio país. Quizá era necesario que fuera de esta forma, que fuera explícito y contundente para que el mundo comenzara a entender. Recordé a muchos imbéciles que se contentan con lo que les pasa a los europeos, como si la gente, el pueblo español tuviera algo que ver con las políticas que aplicaban los estados sobre las colonias, o Repsol, o la guerra en Irak.

Las actuaciones de Cámara y de Peña son fascinantes, aunque no sea novedoso decirlo. La película está sustentada en el guión, en el diálogo (casi dos horas de film hablando entre ellos), y en ese diálogo existe una variación emocional permanente, que pasa de la risa nerviosa, al llanto, pasando por la indiferencia y por momentos a una suma ternura. Y especialmente es Candela Peña la majestuosa, un compendio simple y a la vez revelador sobre la actuación. No hay modulaciones innecesarias en la voz, no hay impostura, hasta diría que no hay actuación, tan sólo la vivencia de un texto, de una historia como si fuera propia. La había visto en Princesas (León de Aranoa, 2005), y también me había conmovido.

No ha llegado a la Argentina y dudo que llegue, ni siquiera se ha editado en DVD por ahora. Bien, no puedo calificar a Coixet. Para mí es siempre sobresaliente. Y esta película no sale de ese rango. Bajando un poco mi notable preferencia por el cine de esta catalana, puedo decir que como mínimo es recomendable. Al menos para entender de alguna manera lo que está pasando del otro lado del océano.

Por Marcelo Britos

Más información sobre la película en IMDB

themaster1

Hay ficciones en las que parece que no pasa nada, pero pasa. Y pasa mucho. Tengo una sana envidia con quiénes logran ese recurso, entre ellos Paul Thomas Anderson. The Master es una película que empieza y termina en un clima de incertidumbre del espectador, una sensación fuerte de inminencia, de caminar al borde del abismo. Y hay en ese logro un trabajo importante del director, facilitado ciertamente por tres actores increíbles, Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, y Amy Adams. Los dos últimos ya habían prefigurado un dueto increíble en “La duda”, y lo confirman encarnando a la pareja Dodd, el mesiánico líder de una secta y su mujer, tan fanática como él, pero ambos convencidos y comprometidos con su propio relato, la única manera posible de hacer creíble la fe o acaso un engaño. Y en manos de ellos cae Freddie Quell, un alcohólico que vuelve de la guerra -con todo ese horror en la espalda-, interpretado claro por Phoenix, cada vez mejor, cada vez más actor. Y aquí me detengo con el argumento, porque si hay algo realmente exquisito de esta película, es su vocación contra intuitiva, nunca sabremos que va a suceder en lo sucesivo, como la vida misma, volviendo quizá a la vieja y buena costumbre del cine de imitarla como se debe, es decir, de mostrarla inevitable e impredecible. “The Master” es una joya, un cubilete de personajes que pueden ser todos perversos y a la vez vulnerables, y descansando durante 144 minutos sobre una corriente de belleza argumental que fluye sin descanso, pero a la vez con armonía y precisión. Todo se ve. La desesperación humana, la fractura que provoca la guerra en la razón, la podredumbre de una sociedad que tuvo que reinventar sus deseos y sus creencias en la posguerra.

Las escenas que comparten Seymour Hoffman y Phoenix son memorables, el primero con los cambios de ánimo en un mismo diálogo, el segundo verbalizando respuestas que su mirada contradice, ambos cómplices de este juego. La historia alcanza por momentos una gran intensidad, sin recursos físicos ni torceduras argumentales, tan sólo guión y actuación, cine en estado puro.

Más allá de los artificios de la Academia que la motivan a premiar o no a una película, este film de Anderson es una cosa seria.

 

Por Marcelo Britos

Más información sobre la película en IMDB

britos

Narrador y dramaturgo. Ganador del Premio a la Mejor Novela en el certamen “Sor Juana Inés de la Cruz” de México en febrero 2014. Ganador del Premio Municipal de Novela Manuel Musto.

Página web: http://www.marcelobritos.com.ar/

Notas para el blog:

La vida anterior

The Master

Ayer no termina nunca

 Todos los colaboradores de Mirar y Ver