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La isla de la distopía

Hay gente demasiado empeñada en repetir los errores del pasado. Lo que falló catastróficamente en los años 90 puede volver a fallar hoy. Un proyecto consolidado a fuerza de criterio y voluntad se ve seriamente amenazado por la especulación de unos pocos que priorizan el beneficio económico antes que el bienestar de la mayoría.

La referencia por supuesto tiene que ver con el Parque Jurásico, que a pesar de todo lo acontecido hace 22 años vuelve a instalarse en la Isla Nublar, allí donde el magnate John Hammond diseñó lo que creyó que era el sueño cumplido de cualquier chico, sueño que pronto se transformó en pesadilla.

Tras aquel fracaso el proyecto fue retomado, los avances tecnológicos forjaron un complejo turístico tan espectacular como confiable, pero los inversores, en lugar de disfrutar lo logrado, no han tenido mejor idea que desarrollar una nueva especie de dinosaurio, mucho más inteligente, grande y letal. Como no podía ser de otra manera, el experimento sale muy mal. De no ser así, no habría película.

El espectáculo está servido, con ecos del viejo Hollywood. Todos los intérpretes acompañan con justeza en el rol que les cabe, y cada escena está resuelta con indudable pericia. A diferencia de los responsables del parque, los productores de la película si saben montar un gran espectáculo sin tomar riesgos innnecesarios.

El resultado es satisfactorio, a pesar de que la premisa que hace avanzar la trama es en extremo absurda. A veces la realidad puede superar a la ficción y las premisas absurdas son las que triunfan, y hasta las mejores cosas pueden desaparecer.

Por Fernando Herrera

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