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Seis de las nueve candidatas a Mejor Película están basadas en “hechos reales”. La importancia del Oscar como medida de valor es sumamente discutible, pero no lo es su alcance, tampoco su poder para radiografiar cierto cine hegemónico. Un espíritu atento debería poder esquivar hegemonías pero no sin antes asomarse a mirar y ver de que se trata.

Tómese esto como el primer esbozo de un análisis más elaborado que quizás llegue en algún momento, con una ayudita de los amigos del staff de este espacio, una reflexión preliminar y apresurada sobre las películas que acaban de competir anoche. Valga como muestra ese grupo de “elegidas”, antes que algunas de ellas (las que no ganaron nada), caigan en el previsible olvido (todo lo relacionado con la “ceremonia” es previsible, pero ese es otro tema) mientras las otras aprovechan en mayor o menor medida el impulso que les puede dar haber sido bendecidas y canonizadas.

Pasiones de lo real. Pasiones de la apariencia.

De un lado la ficción, del otro la ficción, pero basada en lo real, ese desierto. Hay que optar, como en Matrix, gran blockbuster del cambio de milenio. Allí (en la ficción de la trama) la opción para Neo era la realidad virtual o la, digamos, realidad real. En el libro que le presta el título a esta nota Slavoj Zizek afirma que la pasión por lo real culmina en su opuesto aparente, en un “espectáculo” teatral” , lo que nos lleva de nuevo a la Matrix, a tropezar con la misma piedra, como Sísifo. Quizás la pasión por lo real sea un intento desesperado de salirse de lo virtual y los latigazos en la espalda de la sufridísima Lupita Nyong´o, que le valieron un premio para ella y otro para la película 12 años de esclavitud sean un llamado de atención equivalente a la patología de los llamados “cutters” que necesitan flagelarse, cortarse superficialmente la piel para sentirse vivos. Queda apenas abierta la idea para futuras ampliaciones.

Por Fernando Herrera

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