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El pecado original

Se suele hablar, con mucha liviandad la mayoría de las veces, del antes y el después que marca una gran obra de arte.  Son tantas las cosas que nacen y mueren con el estreno de Tabú que no es descabellado en este caso apelar a esa vieja fórmula.

Por empezar, había muerto el cine mudo, y esta película se transforma, junto a Luces de la ciudad de Chaplin, del mismo año, en una de las últimas maravillas de ese período.  Pero también muere el mismísimo director, F. W. Murnau, en un accidente, cuando se disponía a asistir al estreno del film.

Y, claro, nace su propio mito.

Nace también el cruce del documental y la ficción, adelantándose por varias décadas a la tendencia actual a borronear esas fronteras. En esto mucho tiene que ver la presencia de Robert Flaherty, co-director del proyecto hasta su partida por diferencias artísticas. Flaherty ya lo había anticipado en la extrordinaria Nanook el esquimal (1922). Murnau había hecho nada menos que Nosferatu el vampiro en el mismo año en Alemania, y su paso a Hollywood, lejos de atenuar sus inquietudes, derivó en la creación de su gran obra maestra, Amanecer (1927).

Ambos emprendieron la aventura de ir a rodar a los mares del sur una película inclasificable, que abruma acumulando verdades y artificios y amaga con ponerse específica al describir las costumbres de los habitantes de Bora-Bora para detenerse en una historia de amor trágico y universal.

Basta con ver su poético final para comprender que tantos intereses contradictorios no hicieron más que generar cine en estado puro.

Por Fernando Herrera

Más información sobre la película en IMDB

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