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(Texto del libro del BAFICI)

General Villegas, en la esquina noroeste de la provincia de Buenos Aires, es un tranquilo pueblo de productores agropecuarios. Hacia allí van en auto, al entierro de su abuelo, dos primos treintañeros que llevan unos cuantos años instalados en Capital. Las cosas no están del todo bien entre el bohemio Pipa y el aporteñado Esteban (Lamothe, desandando el camino del interior a la gran ciudad de El estudiante), con trabajo estable y a punto de casarse. A ninguno de los dos le gusta en qué se ha convertido el otro: el viaje y los reencuentros –con la familia, los amigos del pasado, los recuerdos– serán los que vuelvan a acercar a los primos o terminen de separar sus caminos (o ambas cosas a la vez). Lejos de la acidez con que el gran Manuel Puig convirtió a su Villegas natal en el paradigma del “pueblo chico, infierno grande”, el primer largo del premiado cortometrajista Gonzalo Tobal pinta sin estridencias un retrato generacional posible, echando una luz delicada sobre los conflictos, miedos y emociones de la frontera entre juventud y adultez.

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