Elogio de la desmesura

“Con la desquiciada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y tira del animal caído hasta el extremo de que el cazador abandona todo intento de calmarlo, se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña. El barco que, gracias al vapor y por su propia fuerza, remonta serpenteando una pendiente empinada en la jungla, y por encima de una naturaleza que aniquila a los quejumbrosos y a los fuertes con igual ferocidad, suena la voz de Caruso, que acalla todo dolor y todo chillido de los animales de la selva y extingue el canto de los pájaros”. Así se refiere Werner Herzog al proceso de gestación de Fitzcarraldo, en su libro “Conquista de lo Inútil”.

Gilles Deleuze se refiere a lo mismo en su libro “La imagen movimiento”, de forma menos poética pero más certera: “el hombre de la desmesura frecuenta un medio también desmesurado, y concibe una acción tan grande como el medio”. Le descripción es tan válida para el personaje protagónico como para el mismo Herzog, que una vez más pone el cuerpo y duplica la epopeya narrativa con una  puesta en escena tan desmedida que termina impregnando de vida el celuloide. Werner insiste con su frase “el cine debe ser físico”. Y esta es la película que lleva esa premisa hasta sus últimas consecuencias.

“Si abandono este proyecto, sería un hombre sin sueños”, había dicho el director alemán cuando una descomunal serie de obstáculos puso en jaque su realización (los protagonistas originales, Jason Robards y Mick Jagger abandonaron el rodaje con el 40 por cierto de la película filmada). Hubo que empezar de cero (y de paso cambiar de lugar el campamento que fue atacado por los nativos). Kinski llegó para salvar la película o terminar de hundirla. La tensión con la que se mueven sus personajes herzogianos era el simple reflejo de su relación con un director por el siempre expresó un desprecio que también se volvió legendario.

Pero claro, el problema real seguía siendo mover ese barco.

Está dicho, lo que se ve es lo que hay, Herzog no podía concebirlo de otra forma. Nada de metáforas, nada de maquetas, un barco real de más 300 toneladas es desplazado por una montaña. Su peso es palpable en cada fotograma. El director insiste con que este trabajo es su mejor documental. Es desmedido, despiadado, operístico, coherente. Caruso se impone. La secuencia termina tragándose toda la película, otorgándole proporciones míticas.

Poco importa la suerte posterior de ese Sísifo que compone Kinski, si podrá triunfar o no en el negocio del caucho, si podrá construir o no un teatro de primer nivel en la selva, todo queda circunscripto e ese momento en donde su carrera (y la de Herzog) se juegan el resto. La fe mueve montañas.

Por Fernando Herrera

Más información sobre la película en IMDB

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