Cuando una producción se transforma en un trabajo sobre la cultura, la misma toma la importancia de ser nada más y nada menos que una intervención artística. “Infancia Clandestina” de Benjamín Ávila abandona la noción de mero film para tomar la instancia de lo que verdaderamente considero un arte, a saber,  implicar la subjetividad de los otros.

Esta película de producción nacional, es un claro ejemplo de que el ser humano se toma de la creación artística como intervención sobre un daño en lo real del cuerpo cultural. Tras treinta años de la vuelta a la democracia, encontramos  esta obra de arte que trasciende en su concepción a la trama o la estética del cine, pues “Infancia Clandestina”  va un poco más allá y pone de relieve cómo a través de la técnica de la imagen, la palabra y la sonoridad se pone a circular una herramienta de tramitación simbólica de una huella que ha hecho daños casi irreparables en lo real.

En consonancia con esto, tomo distancia del término producción, que tiene fuerte implicancia comercial, y entiendo a  este film como un proceso de elaboración que implica la búsqueda de una restitución de daños psicológicos para con aquellos que se han visto afectados por los delitos de lesa humanidad provocados por la última dictadura militar argentina.

El hecho de que las escenas más traumáticas del film estén realizadas en animaciones tipo comic me hace pensar como estos acontecimientos que irrumpen contra el bienestar subjetivo quedan como estampas en el psiquismo, a modo de marcas con hierro candente y más aún en un niño que tiene que vérselas con toda una serie de atentados ante su instancia de estructuración psíquica.

Insisto una vez más en darle relieve al valor cultural que tiene este film como trabajo de reelaboración psíquica en nuestra sociedad, de afirmación de nuestras identidades y resaltando la importancia del nombre propio. “Soy yo, Juan”.

 

Por Emanuel Donati, para Mirar y Ver

La reseña de la película escrita por Martín Fraire

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