Irán y los argonautas

A esta altura ya no se puede hablar de sorpresa. Ben Affleck (1972, Berkeley, EEUU) es un buen director que sabe cómo elegir y contar una historia, contextualizarla (en su película se justifica nada menos que la revolución iraní del ´79) y tomarse el asunto con humor. De hecho parece que hiciera todo bien.

La anécdota gira en torno a una realidad que supera la ficción, la toma de rehenes de la embajada norteamericana en Irán (que duró más de un año), y una ficción que supera a la realidad, un descabellado plan de la CIA (para ser más exactos, de un agente solitario y con poco consenso) para rescatar a seis de esos rehenes haciéndolos pasar por miembros de un equipo de filmación de una película del estilo de La guerra de las galaxias llamadaArgo.

Los momentos que refieren a la producción de la película dentro de la película son los más disfrutables, en parte por la intervención de John Goodman (en el papel del especialista en maquillaje John Chambers, cuyo crédito mayor fue El planeta de los simios) y del gran Alan Arkin, siempre muy de vuelta de todo, como un productor consagrado que tiene claro que el mundo de Hollywood siempre será más despiadado que el demonizado terrorismo islámico. Esos momentos recuerdan a Mentiras que matan (Wag the dog, de Barry Levinson). Pero la película no se queda ahí. Sin salirse del libreto del cine más clásico, combina géneros con astucia.

La otra subtrama tiene que ver con el destino de los seis miembros de la embajada que lograron escapar a tiempo de la toma del edificio y se refugiaron en la casa del embajador canadiense en Teherán. Hasta allí llega Tony Mendez (interpretado por el propio Ben Affleck) como el más clásico de los héroes de Hitchcock, un hombre común arrojado a circunstancias extraordinarias.

Si la película puede entenderse como pro-americana es más que nada por esa exaltación del héroe individual cuyos ideales están muy por encima del sistema perverso al que adhiere. Esta parte es la que tiene más puntos de contacto con el cine de Clint Eastwood, aunque los dardos a la política exterior norteamericana marcan una distancia tan clara o tan difusa como la que hay entre un republicano y un demócrata (y aquí aparece la figura de George Clooney en la producción).

Que todo esto haya pasado realmente (en los créditos finales puede verse una asombrosa comparación de lo ocurrido con lo recreado) no hace más que aumentar el mérito de Affleck, a quien parece faltarle siempre algo como actor pero sobrarle oficio como director. A los aciertos de Desapareció una noche (Gone baby gone) y la mal llamada Atracción peligrosa (The town), Argo le suma ironía y le resta romance, aunque el amor por la ficción sigue allí, más fuerte que nunca.

Por Fernando Herrera para Espacio Cine

Más información sobre la película en IMDB

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