La oreja de Van Gogh

Hay otros mundos, pero están en éste. Jeffrey lo intuye, su vida de ensueño americano le deja un resquicio para asomarse a esa pesadilla que presupone es el mundo de los adultos, el verdadero. Y lo hace al salir del hospital en el que acaba de visitar a su padre, un padre absolutamente debilitado por un infarto que le ha quitado hasta la voz, y encontrase por el camino, de la manera más aparentemente antojadiza, con una oreja. En un descampado, una solitaria oreja humana, cubierta de hormigas (homenaje explícito al primer Buñuel). Un sucio agujero por el que se oyen las palabras, aquellas que ya no puede oir de su padre, y un angustiante zumbido. Esa oreja se vuelve el objeto que lo llevará a conocer ese otro mundo.

La primera escena de la película es paradigmática, la corrección a ultranza en la descripción de una vida suburbana idílica (música amable, bomberos que saludan, niños que cruzan las calles por donde deben, una película de misterio acotada a la cómoda ficción que propone la TV en el living, un padre regando la plantas). Todo se viene abajo, literalmente. La manguera retorcida que no deja pasar agua se vuelve metáfora del corazón que colapsa. El padre se desmorona y con él, todo ese mundo. La cámara no se detiene en ver que será de ese hombre, se hunde en el suelo y se fascina con la actividad de los insectos que pululan bajo el pasto recién regado.

Dos mundos de contornos imprecisos que se superponen. Realidad y ficción son apenas un par de categorías tranquilizadoras. In Dreams es una canción que aparece promediando la película, Jeffrey sueña en su cuarto, donde se muestra un atrapa sueños que no cumple con su función. En esas escenas la canción acompaña todo el decorado onírico del sin sentido.

En ese asomarse a otro mundo Jeffrey se pregunta por la sexualidad, y en especial por la femenina, se pregunta por como goza una mujer. El departamento de Dorothy va a convertirse en un refugio desprotegido, lleno de ambivalencias, paralelo a la norma. Allí los fantasmas se superponen y el padre es siempre potente, llevado al extremo, la mujer goza, Jeffrey asiste a la escena primaria, como voyeurista, se juega a traspasar las leyes del incesto.

Terciopelo azul plantea un escape desde una ficción (el sueño americano) hacia una pesadilla (un mundo de criminales ridículos y obscenos, el más allá de los diques morales) para poder volver (querer volver) a esa primera instancia naif que se intuye tan falsa como tranquilizadora. Pero nunca se vuelve al mismo lugar y el regreso de Jeffrey implica un aprendizaje de lo prohibido, de lo oscuro, de lo no dicho.

Por Fernando Herrera y Agos Guma

Más información sobre la película en IMDB

Esta película formó parte del ciclo “Todo lo usted siempre quiso saber sobre Lacan y no se atrevió a preguntarle a Hitchcock”

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