Veo, veo (¿qué ves?)

¿Cuántas veces la mirada infantil ha servido como excusa para establecer una reflexión lo más certera posible respecto a un proceso político concreto en el cine? El punto de vista, sin embargo, no es ingenuo. Allí donde está Juan, un niño que vuelve al país del exilio en 1979 para la contraofensiva montonera de la que sus padres serán parte, está también el director Benjamín Avila.

Desde ese lugar, nexo entre ficción y autobiografía, Infancia clandestina postula sus no pocas ideas respecto a la lucha armada de esos años, sin entablar para ello verdaderos juicios de valor maniqueos.

Luego del notable prólogo y con la familia (padre, madre, niño y beba) ya instalada en Argentina, conocemos al mencionado Juan. Heredero de su nombre por Perón, deberá llevar adelante una suerte de doble vida: en la escuela se llamará Ernesto, como el Che, y deberá fingir acento cordobés.

Allí donde enseñan que la conquista española significó la llegada de la civilización a América, Ernesto conocerá a los primeros amigos, los primeros amores y las primeras revelaciones. En el medio, y mientras sus padres intentan cumplir con los objetivos establecidos, será el tío Beto (enorme trabajo de Ernesto Alterio) quien entable el nexo más cercano.

De esa manera, entre falsos cumpleaños y cajas de chocolate con maní que pueden simbolizar a las mujeres y a la lucha armada de forma paralela (las ambigüedades, como los espejos, no tendrán apariciones ingenuas en el total de la trama), Ernesto –que, a no olvidar, es Juan- deberá fluctuar entre una supuesta vida normal y el peligro de cada acción ejecutada por fuera del plan.

En su primera ficción, el realizador del documental Nietos (identidad y memoria) utiliza un lenguaje de dos vías para representar la posición de su protagonista. El primero, certero, seco; con la capacidad suficiente para reconocer la valentía de los militantes montoneros pero también para tomar distancia y ubicar un manto de duda en el propio seno del hogar/cuartel que sirve como base. El segundo será pura utopía -a veces imaginativa, a veces no tanto- a través de pasajes animados que lejos de generar una distancia con las situaciones expuestas, realzan aún más su significado.

Infancia clandestina es, entonces, una suma de aciertos. Vea por donde se lo vea, el film no hace otra cosa que proponer una mirada con verdaderos rasgos de frescura aún respecto a un tema que ha sido objeto de estudio (y lo seguirá siendo) en innumerable cantidad de ocasiones para nuestro cine. Doble mérito.

Pensar la militancia política desde la subjetividad infantil, es poner de manifiesto un contexto tristemente célebre desde una perspectiva diferente. Ávila y su equipo (técnico, actoral) logra humanizar su mensaje sin priorizar posturas. He ahí el mayor rasgo de su película: una historia, cuanto más honesta, más sentida. Y aquí, lo que sobra, es respeto. Por los hechos, por la memoria y por el espectador.

Por Martín Fraire

Entrevista al Director (en Espacio CIne)

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