Resulta imposible encarar un análisis de esta película, la número 42 de Woody, sin pensar toda su obra. Esta claro que no se pueden esperar sorpresas a esta altura de una tan (pero tan) productiva carrera que siempre se sostuvo en base a variaciones sobre los mismos temas, y que, aún bastante lejos de generar obras maestras en los últimos tiempos, no parece agotar la capacidad de producir momentos que siguen siendo en mayor o menor medida disfrutables.

Esos momentos son la materia prima de su última entrega, una serie de viñetas que terminan girando en torno al tema de los caprichos de la fama y sus consecuencias, en cuatro historias paralelas que nunca se tocan, y que muda a sus personajes de Paris a Roma solo para cambiar el bello marco de fondo, como ya había pasado con Londres o Barcelona.

En la primer historia, un joven arquitecto (Jesse Eisenberg, ideal para una película de Allen) vive un romance apasionado y culposo con la mejor amiga de su novia, una actriz tan neurótica como seductora (Ellen Page) y en cada situación clave aparece mágicamente Alec Balwin (perfecto en lo suyo) como una especie de alter ego y voz de la experiencia para aconsejarlo. Un recurso módicamente fantástico, de esos que tanto le gustan al director y que juega con la ambiguedad del presente y el pasado.La segunda es la más elemental de las cuatro y se sostiene solo desde la omnipresencia de Roberto Benigni como un hombre gris y apegado a sus rutinas que se vuelve inexplicablemente famoso de un día para otro.

La tercera es una clásica (y básica) comedia de enredos, “alla italiana” que remite y en cierta forma homenajea (sin llegar muy lejos) a grandes los directores de este género. Aquí se luce una hipersensual Penélope Cruz y divierte el papel de Antonio Albanese como un actor que trata de seducir a una fan.Por último dejamos al mismísimo Woody que vuelve a reservarse un papel a su medida (y los momentos más originales y divertidos de la película). En este caso se trata de un productor musical retirado que supo montar versiones transgresoras de óperas, y que viaja a Roma junto con su esposa (Judy Davis, una psiquiatra) para conocer al novio de su hija (Allison Pill), pero accidentalmente escucha cantar en la ducha a su futuro consuegro y se obsesiona con transformarlo (a cualquier precio) en una estrella. El hombre demuestra un claro talento pero prefiere dedicarse su empresa familiar funeraria. Pero Woody es Woody y por supuesto insiste. En una de los permanentes discusiones con su mujer esta pretende psicoanalizarlo y él le responde “si lo ves a Freud decile que me devuelva toda la plata”.Lo esperable del Allen siglo XXI (la vigente agudeza en la réplicas, la ligereza combinada con el buen gusto, el trazo grueso en la concepción de los personajes) se suma a lo esperable del Allen de siempre, como las referencias al psicoanálisis que pueden encontrarse fácilmente en sus 41 películas anteriores.Cine de autor (autorereferente, autoconsciente, autoindulgente, por momentos automático), pero que sigue resultando irresistible.

Por Fernando Herrera

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